

En las aguas de la ría, los mejillones se agarran a las cuerdas que cuelgan de la batea. Desde la tierra se sigue con paciencia el crecimiento lento que, a lo largo de dos años, dará como resultado unos excelentes ejemplares.
Se controlan día a día su crecimiento y desde el mar a la conserva se sabe con certeza el origen de cada pieza.
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